El crecimiento personal es tan fácil o tan difícil como queramos que sea, básicamente va a depender de nuestra capacidad de adaptarnos y afrontar las situaciones cambiantes de nuestra vida, ya sean de índole sentimental, económico o laboral. A esto también le llamamos resiliencia. Los cambios bruscos en la vida duelen o nos generan alguna sensación de pérdida aun cuando estos signifiquen algo mejor para nosotros, es como si estuviéramos acostumbrados a que lo que hay o lo que tenemos, es lo mejor que podemos obtener, y por esto nos da miedo crecer. Nos da miedo entender que somos merecedores de mejores situaciones y que realmente el universo conspira a nuestro favor cuando nos abrimos a ver las oportunidades que se nos presentan.

“Aprendiendo a pintar nuestro propio corazón, sabremos que tono queremos darle a las relaciones de nuestra vida”

 

Y en esto se nos convierte nuestra historia, en una existencia llena de ganas permanentes de echar hacia atrás, retroceder hacia situaciones y personas tóxicas que poco contribuyen al bienestar, que estancan y que realmente lo único que otorgan son el sentimiento de comodidad de sentirse cariñosamente maltratado, esa forma de amor a la que las personas que han vivido infancias difíciles con padres emocionalmente desbalanceados se acostumbran y creen que es el único amor al que tienen derecho. A veces, retroceder no significa volver hacia la misma situación o persona, pero repetir indefinidamente el patrón de elección perpetuando el daño y reviviendo el dolor.

De hecho, cuesta recibir un amor sano y equilibrado, establecer relaciones donde el construir es posible y donde el yugo entre víctima y victimario no está presente. Nos cuesta transformarnos en amantes sanos en nuestras relaciones de pareja y en padres que capaces de entablar relaciones emocionalmente satisfactorias con los hijos, sin que la amenaza esté constantemente presente, o la violencia emocional, como el chantaje, se conviertan en el pan de cada día. Y entonces, nos vemos saltando entre relaciones laborales y sentimentales insatisfactorias, que solo llenan esa parte de nosotros emocionalmente dañada pero que dejan cada vez un vacio más grande.

La vida nos tira de vez en cuando oportunidades como si quisiera reivindicarse después de tantos desaciertos y corazones rotos, pero a veces nos damos cuenta tarde o no somos capaces de mantener la conciencia suficiente tiempo como para darnos cuenta de que nosotros mismos saboteamos la felicidad tratando de revivir inconscientemente patrones de amor codependiente e insano. Cuando la respuesta está en la simple decisión de aprender a amarnos para que nos respetemos lo suficiente que nos permitamos mantener distancia de toda relación tóxica y seamos capaces de reconocer cuando hemos dado paso a nuestra vida a relaciones constructivas. 

El amor propio y la autoestima sana se convierten en la base para cualquier relación sana. Ciertamente mucho más fácil de decir y decretar, pero en ciertas ocasiones difícil de lograr o incluso de identificar si existe algún problema con nuestro amor propio. Aprendiendo a conectar con la voz de nuestro corazón nos vamos acercando hacia aquello que nos hace bien y poco a poco traeremos en nuestra vida todo aquello que alimenta el sentimiento de amor propio. Si quieres más relaciones constructivas, dedícate a pintar tu propio corazón. La clave está en no rendirse y no dejar de buscar aquel color con en que quieres llenar tu vida. La clave está, en la capacidad de retomar la brocha cada vez que sientes desesperanza.